La posibilidad de que América Latina alcance un estadio de desarrollo económico, civilización y estabilidad, solo ha tenido un ejemplo material, práctico y real en Chile. El milagro económico chileno entre 1980 y 2000 basado en un modelo de apertura económica neoliberal fundado en los presupuestos de la Escuela de Chicago, dejó atrás, revolucionariamente, los fracasados modelos de desarrollo Cepalistas y socialistas centrados en la intervención estatal en la economía que promovieron en la posguerra el ascenso del socialismo radical, ligado siempre a los movimientos subversivos marxistas que inundaron el continente como desgraciada consecuencia de la guerra fría y el intervencionismo soviético.
«El ”milagro chileno”, como lo denominaba Friedman, fue forjado en los hornos de la Universidad Católica de Chile y liderado en lo económico por grandes y perdurables figuras como Sergio de Castro, Álvaro Bardón, Pablo Baraona y Sergio de la Cuadra que guiaron un proceso de transformación hacia una senda espectacular de desarrollo social, económico y de exportaciones en un contexto de reducción del tamaño del estado, desregulación y conservadurismo fiscal que permitió dar el salto más importante en PIB per cápita de toda la historia del continente».
En lo político el asesinado fundador de la Unión Democrática Independiente, Jaime Guzmán Errázuriz, fue uno de los determinadores del contexto constitucional e ideológico que permitió el milagro y logró la transición pacífica a la democracia en 1990. La combinación de doctrinas económicas liberales y modelos sociales conservadores transformaron la sociedad y la economía del país a través de la inusual estabilidad de políticas por más de veinte años y lograron frenar o matizar en Chile al desastre socialista y estatista que, mientras tanto, quebraba el futuro de gran parte de Latino América. El éxito del milagro chileno era tal que ni la democracia cristiana ni los desastrosos gobiernos socialistas de Bachelet lograron desmontarlo por completo, pero lo terminaron afectando llevando al símbolo latinoamericano del desarrollo a la calamitosa situación en la que se encuentra después del gobierno Boric y los años posteriores al estallido de 2019, que abrumó y molió a Piñeira, y que dieron origen a seis años perdidos en los devaneos constitucionales, el desorden, la incompetencia y la decadencia que tanto satisface a la izquierda continental.
José Antonio Kast ha recibido el 14 de diciembre un abrumador mandato de una ciudadanía agotada por la inseguridad, la inmigración descontrolada y la retórica política vacía e inútil plasmada en casi cuatro años de movimiento constituyente. Kast en su rebeldía ante la centro derecha, materializada en la creación del partido Republicano, representa una prueba máxima de coherencia política y ética con los principios fundacionales de la UDI, principios que la organización que lo guío en su juventud, terminó despreciando para acomodarse en la mediocridad e indeterminación centrista, vergonzante y facilista que marcó el retorno a la democracia en el país austral. La coherencia de Kast transita de su voto por el si en el referendo de 1988, hasta su propuesta republicana y su abierta y tranquila adherencia a la plataforma y valores originales del mártir Jaime Guzmán, fundador de la UDI.
La innovación y acierto de Kast está no solo en romper con el malabarismo y las inconsistencias del centrismo acomodado que le entregó Chile a Bachelet y su patético sucesor Boric, sino en adoptar esquemas modernos de comunicación. Kast tomó riesgos acertados al adoptar las redes sociales como herramienta de ejercicio político y las aprovechó bien para alcanzar los niveles de reconocimiento que le permitieron dominar el escenario en esta elección. Y Kast también refleja un milagro de convicción y lucha, que además de su coherencia, se materializa en la persistencia en la intención de devolver a Chile al camino adecuado y probado que lo catapultó al éxito bajo la dictadura, con tres candidaturas presidenciales sucesivas. El propósito de Kast superó, con la calma y pausa que caracteriza su discurso, las disidencias oportunistas y vistosas que amenazaron diluir el consenso de derecha.
Hoy la izquierda latinoamericana y global se ocupa de llenar de etiquetas a Kast. De pegarle a su nombre el mote de extrema derecha, validador de la dictadura y, en casos, a supuesto violador de derechos humanos. Los zurdos histéricos reviven sus monigotes del pasado para desacreditarlo, a pesar de la abrumadora, sino demoledora, constancia de que el pueblo chileno, aburrido por el fracaso socialista, ha dejado atrás las marcas y legados del fin de la dictadura para concentrarse en la ilusión del retorno de la autoridad, los valores y las medidas económicas que hicieron posible el añorado “milagro”. La sociedad claramente ha dejado atrás el estigma contra quienes respaldaron los notorios logros de la dictadura, la izquierda no lo hará nunca.
Vendrán días de incendio y lucha para Kast. La izquierda latinoamericana no acepta sino con hipocresía y falsedades la alternación democrática. De seguro prende ya en Chile los fuegos de la insurrección social y la destrucción del país, ruta preferible a verse privados del poder y sus gabelas. Deseamos que el nuevo gobierno logre las victorias tempranas en seguridad, inmigración y reactivación que mantengan la cohesión social en apoyo a Kast.
Para Colombia, lo logrado por Kast y el partido Republicano es una señal de esperanza. La coherencia y la persistencia serán premiadas por el electorado y barrer en primera vuelta con Abelardo es una posibilidad real y deseable. A pesar de un ciclo de ascenso político más corto, Abelardo replica valores y virtudes de Kast: su apertura y habilidad al uso de las redes para desarrollar modelos innovadores de difusión digital, su persistencia ante los ataques infames y las etiquetas denigradoras, su énfasis en la defensa de la ciudadanía ante la criminalidad, su denuncia de la corrupción y del fracaso del modelo estatista y la retórica pausada pero contundente.
Y mientras en el sur del continente triunfa espectacularmente la derecha, en las montañas de Santander en Bucaramanga se ratificó el mandato y la continuidad de las políticas de seguridad y de gestión conservadora del exalcalde Beltrán, víctima de las maniobras politiqueras con disfraz judicial que pervierten la democracia local colombiana y con el apoyo decidido del Tigre. La derrota contundente de la izquierda perversa y de la politiquería acomodada es posible también en Colombia. Los ciudadanos están mamados y listos para el cambio.